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Sindrome de Asperger: ¿torpes, genios, azules?

Fotografía: Juan Tchritter

Sindrome de asperger: ¿torpes, genios, azules?

Cuando Hans Asperger describe sus primeros cuatro casos de lo que él llamara “psicopatía autística”, en el año 1944, no sabía que 50 años más tarde el cuadro tendría reconocimiento como el SINDROME DE ASPERGER.

Hoy, aún el cuadro no está claramente delimitado y hay diversas interpretaciones sobre los pacientes que deben ser incluidos en el síndrome y en la ubicación nosológica del mismo.

Hay una oscilación entre considerarlo una variación extrema de la normalidad o una discapacidad que forma parte del espectro autista.

Asperger se refería a señalar un desorden estable de la personalidad signado fundamentalmente por el aislamiento social. Los niños presentaban, pese a una dotación cognitiva y lingüística normal, una dificultad significativa en la interacción social. A esta carencia de empatía se debía su dificultad para generar relaciones de camaradería con pares, a los que se sumaban el despliegue de monólogos a pesar de la indiferencia de los interlocutores, torpeza motriz y un interés desmedido en ciertos temas reiterativos, para los cuales mostraban un conocimiento inusual.

Estaba convencido del origen constitucional del cuadro, que mostraba sus primeros síntomas entre los dos y tres años.

Igual que el autismo, se manifiesta tempranamente, pero se caracteriza por un contacto perturbado pero superficialmente posible en niños inteligentes que no aceptan nada de los demás y que se consagran a actividades estereotipadas.

Actualmente los siguientes elementos del cuadro clínico, descriptos por Asperger, son considerados como valederos.

Dificultades de la interacción social y tendencia al aislamiento: Es el trastorno fundamental, la limitación del contacto personal para con las cosas y las personas. Pueden permanecer sentados, absortos en su juego o en su ocupación, lejos en un rincón, o también en medio de ruidosos hermanos o compañeros, completamente aislados, como cuerpos extraños, ajenos a todos los ruidos y a todo movimiento, encerrados en lo que están haciendo, rechazan cualquier solicitación del exterior, y se muestran muy enojados e irritados si se les interrumpe.

Actitudes corporales y expresión gestual: Presentan irregularidades en la mirada, que expresan la perturbación del contacto. No se encuentran las miradas, dejándose de establecer así la unidad de contacto del diálogo. Además y a este respecto, aparece una pobreza del niño en mímica y ademanes. Tienen un rostro inexpresivo y hueco, haciendo juego con la mirada ausente y abstraída.

Incomprensión de los códigos sociales: Como consecuencia de las dificultades de decodificación lingüística, la cual es realizada con extrema literalidad, lo cual trae como correlato, la falta de humor. No entienden las bromas y mucho menos si van dirigidas contra su persona. Aunque a veces se pueden burlar de otros.

Dificultades motoras: Hoy son tomadas como un marcador necesario del cuadro, ya fueron descriptas por Asperger: “comportamiento motor perturbado en grado sumo. No poseen el esquema somático, no saben situar su cuerpo en el espacio”.

En algunos casos, el trastorno motor, pueden atenuarse con el crecimiento y estos movimientos repetitivos y sin sentido aparente, son parte de todo un comportamiento estereotipado y rígido, con aferramiento a ciertas rutinas. Comportamientos estereotipados que a veces se convierten en rutinas inventadas por los propios niños.

En cuanto al Lenguaje: se observan en él dificultades tempranas, hay un denominador común que es lo extraño, y su falta de intención comunicativa real. Presentan falta de naturalidad, como cierta caricatura que provoca burlas.

Bien, lo que subyace bajo estas expresiones de conducta es que los sujetos asperger, no entienden los códigos compartidos por la cultura. El bebé cuando nace, es hablado por su madre, es bañado por el lenguaje, y aprende del Otro, lugar del código, encarnado por su madre, la respuesta a la palabra.

El niño asperger, está imposibilitado de esto. No puede apropiarse de esos códigos, las conductas de los otros sujetos le resultan poco comprensibles. Su deseo es participar de la vida social, pero no sabe cómo. El fracaso de sus intentos deviene en conductas desajustadas y tendencias al aislamiento. La mala interpretación de las situaciones sociales ocasiona respuestas desajustadas que tienden a perjudicar aún más la interacción y a que los otros acentúen el rechazo, ubicando al niño por lo menos, como “extraño”.

Autores como Maleval sostienen que no es una enfermedad. No existe hoy ninguna correlación biológica, ningún test sanguíneo, ningún registro, ninguna imagen del cerebro que permita afirmar o negar la existencia de una evolución autística/asperger. Más vale, lo circunscriben como una especificidad esencial del funcionamiento autístico; una dificultad para regular el goce del ser vivo. En estos sujetos la conexión de dicho goce con el intelecto tropieza con dificultades específicas cargadas de consecuencias sobre la percepción, el pensamiento, la relación con los demás y con el mundo.

Todas las técnicas del aprendizaje, hoy multiplicadas por doquier, desatienden la angustia de estos niños al querer reeducarlos sin tener en cuenta qué pueden soportar. Así los malos tratos de que son objeto se multiplican. Ya no se busca cuidarlos sino educarlos. Por ello su sufrimiento psíquico ya no se tiene en cuenta. Las técnicas de reeducación ignoran los temores y las angustias. Su trabajo se orienta solo en función de su obediencia.

El trastorno, es la extrema dificultad, no para adquirir el lenguaje, sino para adoptar una posición de enunciación. Como el lenguaje no está investido por el goce vocal, es vivido como un objeto sonoro del que no se percibe que sirva para la comunicación. Para aprender a hablar, hay que saber previamente para qué se habla.

Concebir al Otro como un objeto sonoro y no como un sujeto expresivo constituye una de las formas autísticas de protegerse de las manifestaciones de su deseo. La disociación entre la voz y el lenguaje se encuentra en el origen del autismo/asperger. La negativa a dirigirse al Otro y el rechazo de la alienación del ser de goce en el lenguaje, constituyen estrategias inconscientes del sujeto para protegerse de la angustia de un Otro demasiado real. La escisión entre voz y lenguaje se experimenta como enigmática y dolorosa, pero se le impone a la voluntad. La alienación primera al Otro del lenguaje produce una separación traumática, una cesión del objeto del goce primordial, que permite localizarlo fuera del cuerpo. Para que la enunciación se ancle en el lenguaje, es preciso que el sujeto haya aceptado ceder el goce vocal. Esta es la condición de la incorporación de la voz del Otro mediante la cual se produce la identificación primordial.

La negativa a ceder el goce vocal es capital para la estructuración del sujeto. De ella resulta un rechazo de la llamada al Otro que no permite que se produzca plenamente la alienación en el significante. Sin embargo, no son sujetos fuera del lenguaje, pero para expresar sus sentimientos por medio del lenguaje tienen ciertas condiciones. Así podemos ubicar dos grandes formas de hacer con el lenguaje para el sujeto asperger; o bien una lengua del intelecto, construida por signos sin afectos y compartible con otros, o bien una lengua privada, conectada con los sentimientos, pero opaca para los demás. En ambos casos, el sujeto se rehúsa a ceder el goce vocal. Al no colocar su voz en el campo del Otro, al no alienarla en la lengua compartida por sus semejantes, persiste en su trabajo para mantenerla bajo control.

En su libro “Nacido en un día azul”, Daniel Tammet, joven de 27 años, afectado por el síndrome de Asperger, cuenta su biografía.

“Nací el 31 de enero de 1979, un miércoles. Sé que era miércoles porque para mí esa fecha es azul, y los miércoles siempre son azules, como el número nueve o el sonido de voces discutiendo.

Pensar en números me ayuda a calmarme. Siento ansiedad si no puedo beber mis tazas de té todos los días a la misma hora. Cuando me estreso demasiado y no puedo respirar bien, cierro los ojos y cuento.

A mi experiencia visual y emocional de los números se la llama sinestesia. Es una extraña mezcla neurológica de los sentidos, que da la capacidad para ver letras y números en colores. La mía es de un tipo poco común y muy compleja, ver los números como formas, colores, texturas y movimientos. El número 1 es de un blanco brillante y luminoso, el 5 es como un trueno o como el sonido de olas rompiendo contra rocas. El 37 es grumoso como las gachas, y el 89 como nieve cayendo”.

Escasean los tratamientos institucionales cuidadosos de respetar las singularidades subjetivas. Por ello se necesita que los terapeutas estén formados en dejar su saber en suspenso. Contrarios a los ideales cientificistas, se tratará entonces, para el analista, de la destitución subjetiva como meta, para poder trabajar con estos sujetos.

El psicoanálisis es un trabajo artesanal, orientado en función de aquello que a la ciencia se le escapa, o sea, la subjetividad y sus producciones.

La propuesta entonces es un tratamiento que se adapte al ritmo del sujeto donde se tenga en cuenta su angustia, en vez de combatirla violentamente. Para ello se necesitará una mirada que no evalúe antes de ver, que no mida todo con la medida de un único patrón, una mirada que dé al otro la posibilidad de ser plenamente lo que es, aunque sea extraño y perturbador. Una mirada que dé existencia, que no pretenda dominar.

Des-madre: Acerca de la posición materna en la clínica de la psicosis en la infancia

Mi propuesta de trabajo gira en torno a pensar a la maternidad como una función que se soporta en una posición particular  de una mujer; cómo ella en su deseo se dispone en relación a un hijo. Propongo, entonces, pensar a la madre como un dispositivo, un dispositus (participio pasivo de “disponere” disponer y del sufijo “ivo” que indica inclinación o capacidad para y que está relacionado con) que habilitará el ejercicio de una función.