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Reseñas seminarios 2017-2018

El cuerpo en las tres estructuras

Fotografía: Juan Tchritter

Freud partió del cuerpo. De la observación de aquellos cuerpos que eran considerados enfermos por la medicina de su época. Curiosamente, las pacientes histéricas del doctor Charcot, en el Hospital de La Salpêtrière de París, señalaban que la enfermedad observada no encontraba correlato con una anatomía o fisiología patológica. Nada perjudicado en el sistema nervioso central o periférico. Entonces Freud se pregunta ¿por qué?, ¿de dónde provienen esos síntomas, a qué remiten, que significado tienen? Formulado en otros términos: ¿Cuál es el cuerpo afectado en la histeria?

Freud asume entonces un arduo trabajo: el de separar el cuerpo de la medicina, del cuerpo afectado por el lenguaje. Las conversiones histéricas serán el puntapié inicial para descubrir el complejo entramado de representaciones y afectos que subyacen a todo síntoma neurótico. Así, su investigación lo conduce al descubrimiento del cuerpo erógeno, con zonas corporales delimitadas, que darán como resultado una construcción que aún hoy resulta inagotable, la pulsión. Este concepto limítrofe ganará toda su importancia a la hora de abordar diversos fenómenos del cuerpo, presentes en cada una de las estructuras.

Vemos entonces que para Freud el cuerpo se constituye y que los diversos síntomas, en cada una de las estructuras subjetivas, serán resultado de la posición de cada sujeto respecto de los avatares de su historia erógena.

Lacan, por su parte, propuso el modelo del estadio del espejo con el fin de discernir el proceso de estructuración del cuerpo. Allí, la imagen del cuerpo propio, el cuerpo del semejante y la asistencia de lo simbólico, darán inicio a una dialéctica fundamental para la constitución del cuerpo de todo ser hablante.

Sin abandonar ese primer acercamiento, sus investigaciones lo llevarán luego a focalizar en la incidencia del cuerpo de lo simbólico sobre el goce del cuerpo. El significante atravesará el cuerpo del viviente resultando de ello una pérdida de goce, de cuya extracción quedará un resto: un objeto que escapará a la mortificación del conjunto, el objeto a.

Paradojalmente serán objetos que han quedado fuera del cuerpo aquellos que funcionarán como condensadores de goce: el pecho, el excremento, la mirada y la voz. Estas versiones del objeto a nos permiten retomar y refundar los postulados freudianos acerca de las pulsiones y sus implicancias en la dirección de la cura. 

Es evidente, ya en este pequeño repaso, hasta qué punto el cuerpo del ser hablante es afectado, escrito y hablado por el lenguaje que lo envuelve. Las lecturas propuestas por Freud y por Lacan nos regresan a una clínica en la que advertimos diversas presentaciones del “tener un cuerpo” en cada una de las estructuras.

El analista se encuentra en la clínica con distintas presentaciones del cuerpo: el cuerpo conversivo del histérico, el tabú de contacto del neurótico obsesivo; el lenguaje de órgano que pone en evidencia los órganos fragmentados e inconexos del esquizofrénico; el florido abanico de fenómenos psicosomáticos que presenta el cuerpo negado, postergado e inmortal del melancólico cotardiano; la desesperante presencia de la mirada sobre el cuerpo del paranoico; y por último, el cuerpo en cada una de las perversiones, con la evidente prevalencia de la voz en algunas y de la mirada en otras.

¿Qué hacer con estos fenómenos que se presentan en el dispositivo? Revisando los diferentes modelos propuestos por Freud y por Lacan, hemos logrado aislar diversas categorías. Pero no para realizar una clasificación al estilo manual diagnóstico de moda, sino para precisar qué lugar tiene el analista frente a uno u otro fenómeno del cuerpo. El síntoma es lo analizable, y debemos preguntarnos qué sustancialidad tiene en cada caso la aparición del cuerpo como presentación clínica. En otras palabras, qué dice de su cuerpo el sujeto del inconsciente, porque allí encontraremos un nexo entre el síntoma, la posición subjetiva y las alteraciones en la construcción de ese cuerpo que habla. En el decir analizante surgen las pulsiones y las zonas erógenas, como territorios privilegiados del sujeto habitado por el lenguaje. La materialidad del significante encontrará en cada estructura un matiz diferenciado que orientará al analista en su acto.

Sindrome de Asperger: ¿torpes, genios, azules?

El niño asperger no puede apropiarse de esos códigos, las conductas de los otros sujetos le resultan poco comprensibles. Su deseo es participar de la vida social, pero no sabe cómo. El fracaso de sus intentos deviene en conductas desajustadas y tendencias al aislamiento. La mala interpretación de las situaciones sociales ocasiona respuestas desajustadas que tienden a perjudicar aún más la interacción y a que los otros acentúen el rechazo, ubicando al niño por lo menos, como “extraño”