Dixit

Reseñas seminarios 2017-2018

La lógica del caso en la clínica psicoanalítica con niños y adolescentes (Transcripción completa de la apertura del seminario)

Fotografía: Melania Lanzi

Buenas noches, les doy la bienvenida a este espacio que ha sido anunciado como un “seminario-taller”, y que tiene un objetivo que está un poquito más allá de trabajar puramente la teoría. La idea es que hagamos lo más difícil de hacer: pensar la articulación de la teoría con la práctica. Ustedes saben —porque lo han padecido o lo padecen— que siempre hay un hiato, un espacio bastante pronunciado, una desproporción, entre lo que estudiamos acerca de cómo se supone que son las cosas en la clínica y cómo las cosas se presentan en realidad. Para enfrentarnos a eso es que propusimos el formato de seminario-taller. Vamos a trabajar primero, durante cuatro semanas, una serie de problemas teóricos que, junto a Mariano Daquino, consideramos que son algunos problemas a los que convendría darles una revisión general como para ponernos de acuerdo en el uso de ciertos términos —no nos conocemos todos, y por eso nos parecía importante hacer una especie de diagnóstico de lecturas para ver qué han leído y qué no. A partir de la quinta semana de trabajo vamos a abrir el espacio para que ustedes presenten materiales clínicos, para conversar y discutirlos: intentaremos articular los casos con la teoría y estudiarlos en su especificidad y, además, ver qué le pasa a cada uno de ustedes en tanto analistas con esa práctica. Ese es el espíritu de la propuesta. Durante estas cuatro primeras semanas cualquiera de ustedes que tenga ganas de presentar un caso —que puede ser el caso más difícil que tengan, el más raro o el único, ese que supervisaron cuarenta veces y no le encontraron la vuelta…; la única condición es que se trate de un niño o de un adolescente— se pueden acercar cualquiera de nosotros para que comencemos a armar una lista de participantes.

**

Pensamos con Mariano que sería bueno fundamentar políticamente un espacio como este. Nos tomamos un tiempo para pensar por qué proponer una actividad así, en este momento, con qué espíritu, y queremos ofrecer nuestros argumentos.

Partimos de esta idea: hay una tendencia de los analistas contemporáneos a ejercer cierto tipo de marketing en los medios de comunicación y en las redes sociales, que consiste en la práctica de cierta “psicología psicoanalítica”. Me explico: se trata del uso de términos provenientes del corpus teórico del psicoanálisis freudo-lacaniano, en un contexto lógico fundado en razonamientos inductivos por analogía. Los razonamientos inductivos por analogía, descriptos por Aristóteles en su Lógica hace más de 2500 años, se producen de la siguiente manera: por ejemplo, “si la madre de una joven anoréxica es muy demandante y la madre de otra joven anoréxica es muy demandante y si las madres de cincuenta jóvenes anoréxicas son muy demandantes, por lo tanto, todas las madres de las anoréxicas son muy demandantes”. Así, una serie limitada de casos concluye constituyendo una clase universal –y además, suele ocurrir que se llegue a la idiotez de afirmar que la causa de la anorexia radica en ser hijo de una madre demandante. Este modo de razonamiento habita el fundamento de la psicología desde sus inicios (la psicología produce los conocimientos de esa manera, estadísticamente). Por supuesto que usé un ejemplo que tiene que ver con nuestro trabajo. Podría también haber dicho: “si una rubia es tonta, y dos rubias son tontas… o si un narigón es muy dotado, y dos narigones son muy dotados…”, cualquier tipo de razonamiento que, a partir de una sumatoria salte hacia una conclusión general tiene la misma lógica que un juicio inductivo por analogía.

En general estos textos a los que me refiero brillan por su simplicidad para explicar fenómenos cotidianos, con frecuencia de mucha actualidad, con los que al lector le resulta fácil identificarse ya que lo remiten a fenómenos que ha padecido en su propia persona o que ha sufrido a partir de algún otro. Se genera así un efecto de comprensión inmediata por parte del lector, de divulgación científica —si me permiten la expresión—, pero sin ningún aporte al quehacer analítico ni a la teoría de la que depende nuestra formación. Hablar de “Esos raros hombres nuevos”, “El amor Watsapp” o “El tecno-niño” son muestras de una generalización y universalización de los modos de goce que en modo alguno lo admiten, al menos si somos consecuentes con las posiciones teóricas de Freud y de Lacan. O sea, el goce, por definición, no se puede universalizar. Es de cada uno.

Ahora bien, lejos de creer que se trata de una maniobra maliciosa, pensamos más bien que es una demanda de los medios y del público en el marco de la época, una demanda que podríamos formular así: hablen fácil, hablen de cosas que nos pasen a todos y todas, explíquennos por qué nos pasan las cosas que nos pasan y dígannos qué tenemos que hacer en esos casos. Es la misma demanda que a veces recibimos cuando vamos a un cumpleaños o a una fiesta, conocemos a alguien y le contamos que practicamos el psicoanálisis. Porque puede ocurrir que allí venga la pregunta y hasta la consulta franca por algún fenómeno puntual, tanto como el pedido de que les interpretemos el sueño de la última noche. Uno trata de sortear la situación y de defender cierta postura de que el psicoanálisis no procede así, que no se puede generalizar, que el sueño se interpreta en un contexto, etcétera, etcétera, pero si hemos bebido mucho o deseamos quitarnos a la persona de encima (o también si queremos tenerla encima), respondemos algo, pero como psicólogos. Fuera de la relación transferencial, del marco del dispositivo y de la asociación libre cualquier generalización es psicología. Es cierto que casi todos tenemos un título de grado en psicología, pero estamos aquí, en este espacio, haciendo el intento de abrazar la causa analítica a partir de habernos autorizado como analistas, de estudiar bastante y de analizarnos. En fin, en una fiesta, vaya y pase, lo que más curioso nos resulta es que todos estos textos que invaden el ciberespacio hoy en día están firmados por Magisters y Doctores en Psicología (porque les recuerdo que para obtener un título de Doctor en Psicoanálisis hay que ir a estudiar a París). Junto con Mariano, desde este, que es nuestro espacio de transmisión —nosotros queremos y cuidamos mucho este espacio porque es el espacio desde el cual transmitimos—, queremos oponer la “psicología psicoanalítica” a lo que vamos a llamar “la lógica del caso”, ese es el binario que estará en tensión a lo largo de todo este ciclo: “psicología psicoanalítica” versus “lógica del caso”.

Ustedes saben que el mercado editorial está atiborrado de libros que hablan acerca de “los niños”, “los adolescentes”, de “las dificultades que plantea la crianza”, de los desafíos que supone su educación, etcétera, etcétera. Eso, a nosotros no nos interesa. Durante los próximos cuatro meses apostaremos al trabajo en el ámbito del caso por caso. Y si la ética del psicoanálisis se define por la posición que un analista adopte respecto del goce (esa es una de las definiciones de Lacan) nuestra posición, de la que obviamente queremos invitarlos a participar, es que el goce no admite modos de universalización y clasificación psicologizante. Esto no quiere decir que Lacan no haya presentado una propuesta de tripartición de los goces, la conocen: goce fálico, goce del sentido y Otro goce (que además es un no-todo, no constituye una clase, es un campo abierto), pero vamos a tener que recorrer casos para ver que la tripartición de goces de Lacan es una propuesta que suma, ya que permite al analista orientar su acto.

Los médicos psiquiatras atienden pacientes, los pediatras atienden pacientes, los psicólogos también atienden pacientes, las psicopedagogas, los kinesiólogos atienden pacientes —y tengo una amiga que trabaja haciendo Reiki y ella también habla de sus “pacientes”. En fin: todo el mundo atiende pacientes, pero nosotros dirigimos curas. Y “no es lo mismo dirigir una cura que atender un paciente” —es la frase que pusimos en el flyer, está publicada en uno de mis libros, pero no puedo ser ingenuo y pensar que la conocían, porque nunca sé si la gente me lee. Entonces, junto a Mariano, quisiéramos poner este espacio bajo ese lema —lo repito, “atender un paciente no es dirigir una cura”— y tratar de fundamentarlo, de explicarlo. Ustedes nos dirán si, al final del recorrido, la idea quedó más clara o no, si sigue siendo una frase provocadora. Por ahora, les adelanto que los analistas somos los únicos que nos purificamos con nuestra propia herramienta. O sea, todo el mundo atiende pacientes, pero nadie se purifica como condición con su propia herramienta. Somos nosotros los que para atender pacientes nos tenemos que analizar. Porque no hay analistas sin análisis propio, sin revisión de nuestra propia posición y, fundamentalmente, porque cuando hay analista, cuando en los casos clínicos podamos ubicar que hubo analista, verán ustedes que nadie puede decir “fui yo”. Cuando yo opero como analista, dejo de ser yo y en general nunca sé muy bien lo que hice, hice algo, pero nunca sé muy bien qué fue…

Queremos también proponerles dos consignas para sostener a lo largo de nuestro trabajo. La primera: no repitamos fórmulas. Autoricémonos a cuestionarlas y a exprimirlas hasta que se entiendan. Que Lacan hubiera utilizado su estilo aforístico no supone que dichas fórmulas no puedan interrogarse: “acotar el goce”, “implicar al paciente”, “subjetivar el síntoma” y tantas otras, son útiles a condición de entender qué significan. Hagamos ese esfuerzo entre todos y seguro que vamos a aprender unos de otros.

La segunda: no vale aburrirse. Lacan decía en el Seminario, lo dijo muchas veces, que el psicoanálisis tenía que ser divertido porque era une drole d’affaire, un asunto bizarro. Hagamos como él, pero sin imitarlo – otra consigna que pronunció cuando estuvo en Roma por tercera vez, o sea en “La tercera”. En la época de las neurociencias y de las neuronas necesitamos probarnos a nosotros mismos que el psicoanálisis está vivo, que funciona y que alivia el sufrimiento. Vamos a focalizar nuestro trabajo en la clínica con niños y adolescentes porque es la que practicamos y no por un afán intelectual. Somos analistas en formación, todos. Algunos somos más viejos, eso es obvio, pero nada más. Aquí, Mariano y yo asumimos la función de coordinador el espacio, pero el espacio es para todos y todas. Durante las cuatro primeras semanas, como ya anticipé, realizaremos puntuaciones teóricas que están detalladas en un programa, ustedes tienen acceso a ese programa y a la bibliografía, mientras tanto iremos armando una lista de aquellos de ustedes que tengan ganas de presentar algún caso y la idea también es invitar a alguno de ustedes a realizar un comentario. Vamos a implementar ese dispositivo. Es decir: uno de ustedes presentará el material y otro de ustedes realizará un brevísimo comentario del caso —breve, solo para abrir la discusión que seguirá, porque deseamos que la palabra circule.

Cierro esta primera parte con una cita de Lacan que refuerza la idea que tenemos con Mariano y que nos gustaría hacer funcionar en este espacio. La cita es impactante por lo que deja picando:

“No sería tanto una prolongada experiencia del analista ni un extenso conocimiento de lo que puede encontrar en la estructura aquello de lo que deberíamos esperar la mayor pertinencia, el salto del león del que nos habla Freud, que sólo se lleva a cabo una vez en sus mayores realizaciones”.

¿Entendieron la estructura del párrafo? ¡Díganme que no, así lo puedo retomar! Se trata de un párrafo del seminario La transferencia. Freud comparaba la intervención precisa del analista con el salto del león que, además, solo se produce una sola vez. Lacan afirma que ese salto del león, “la mayor pertinencia en el quehacer analítico”, la mejor interpretación… ¿de dónde sale? No de una prolongada experiencia del analista. Esto es interesante porque, por lo general, cuando uno quiere ver a un analista busca alguien que tenga experiencia. Según Lacan, la mejor intervención, la más valiosa, no proviene de la experiencia que el analista haya acumulado en su extenso conocimiento de lo que puede encontrar en la estructura. No proviene de allí la buena interpretación. No, dice Lacan, es “de la comunicación de los inconscientes”. ¿Qué querrá decir eso? Con los casos clínicos seguramente lo vamos a ubicar. Es algo difícil de definir sin tener un caso adelante, pero que existe, existe. Se verifica cuando presentamos un caso y no podemos explicar de dónde salió tal o cual intervención, a punto tal que cuesta decir que “fui yo” quien la produjo…

Entonces, fíjense, “de esto dependería (dice Lacan) lo que en el concreto análisis iría lo más lejos posible, hasta lo más profundo y con el mayor efecto”. O sea: lo más efectivo del análisis, la intervención más efectiva del análisis, no proviene de la experiencia del analista, sino de la capacidad que un analista tenga de colocar su inconsciente en comunicación con el inconsciente de su analizante. Es obvio que para eso el analista debe quitar su “yo” del medio, principal obstáculo a dicha comunicación.

La cita continúa: “Esta vía de transmisión conserva sin embargo un carácter problemático. ¿Cómo hemos de concebir esta comunicación de los inconscientes?”. Este asunto será todo un tema en la enseñanza de Lacan, una pregunta que insiste: ¿Cómo, de qué manera, el analista “usa” su inconsciente para producir su acto? Obviamente no hay manual de instrucciones para eso, pero sale más fácil, funciona mejor, si nos analizamos… Y en eso estamos todos de acuerdo, todos nos analizamos. Sin embargo, a mí al menos cada tanto me pasa que alguna mañana me pregunto: “pero, ¿cómo voy a estar analizando pacientes si todavía no terminé mi análisis?” —encima, yo calculo que me deben faltar unos 30 años más de análisis…

Vean cómo continúa la cita de Lacan que leíamos:

“No habría que definir al analista ideal como aquel en quien ya no queda nada inconsciente. Si se lleva las cosas hasta el extremo, se puede concebir un inconsciente reserva. Debe admitirse que en nadie se da una elucidación exhaustiva del inconsciente por lejos que se lleve un análisis”.

Aunque hayas hecho el pase y recibido la nominación de Analista de la Escuela,  ni siquiera en ese caso, está eliminado el inconsciente. Veo cara de alivio en algunos de ustedes... Vean cómo sigue:

“Una vez admitido que hay una reserva del inconsciente es perfectamente concebible que el sujeto avisado (o sea, que uno que está advertido de eso, precisamente por la propia experiencia de su análisis) sepa de alguna manera jugar (me encanta el verbo) con ella como con un instrumento”.

Tenemos que lograr jugar con la reserva del inconsciente, hacer un uso de eso que nos queda del inconsciente luego del análisis, hay que utilizar esa reserva de lo inconsciente como instrumento.

Les leo ahora el final de la cita:

“De todas formasen esos casos, no se trata de un inconsciente en bruto sino de un inconsciente suavizado, de un inconsciente más la experiencia de ese inconsciente”.

Es claro que cuando un analista se ubica frente a quien lo consulta, la situación trasciende al hecho de “atender un paciente”. Cuando un analista, incluso un analista en formación (en realidad, me pregunto si hay algún analista que no esté en formación…), se enfrenta con un paciente, ya está en una posición diferente. .

No elegí estos párrafos por azar. Le estoy hablando a gente joven, pero Lacan también lo hacía en el momento en que dijo esas palabras. Y el mensaje es claro: primero, la experiencia no es tan valiosa, lo que vale es la capacidad para poner en comunicación, en “armonía”, nuestro inconsciente con el de nuestros analizantes. Segundo, no hay analista ideal, cuyo final de análisis lo hubiera liberado de su inconsciente. Obviamente, nos tenemos que analizar, pero no hace falta esperar a que ese proceso termine para comenzar a realizar nuestra tarea. Mientras tanto, nos analizamos y, como dice Lacan, “suavizamos” nuestro inconsciente…

**

La lógica del caso es un invento de Freud. En sus Obras Completas están incluidas las notas originales que tomó durante el análisis del Hombre de las Ratas. ¿Las conocen? Es un trabajo increíble. Ahí está Freud intentando pesquisar la lógica del caso, haciendo asociaciones de palabras, de letras, dibujando gráficos. Allí hay un trabajo de laboratorio de Freud. Esas notas no las tomó con el paciente presente, de hecho, Freud desaconsejaba hacerlo. Eso quiere decir que, en algún momento, luego de atender al Hombre de las Ratas, que como todos los pacientes de Freud iba seis veces por semana a sesión, se ponía a tomar notas de lo que había pasado, con un nivel de precisión notable. Es muy impactante. Tenemos allí a Freud elaborando la lógica del caso. A partir de esas notas, en un segundo momento escribirá el historial.

Ahora bien, curiosamente, la lógica del caso de Freud parte de una inducción, de un razonamiento inductivo que no constituye una universalización, sino a mi criterio, una tesis. Esto lo tengo que explicar porque es una idea personal. Freud propuso una tesis inductiva que es la pulsión. No hay manera de que Freud haya observado a la pulsión, ni todas sus características, atendiendo pacientes. Es una construcción que indujo, porque va de lo particular a lo general, pero a modo de una construcción que termina siendo una tesis del psicoanálisis y luego, a partir de esa tesis, se deducen todos los teoremas del psicoanálisis. Quien mejor presentó esa idea, a mi criterio, es Guy Le Gaufey, un analista francés miembro de la École Lacanienne, en un libro titulado Hiatus Sexaulis, La no-relación sexual según Lacan. Es un libro que recomiendo mucho leer. Cito brevemente su argumento:

“No se advierte, no se ve, qué tipo de investigación empírica podría conducir a un resultado tal como la hipótesis —como la “tesis” digo yo— de la pulsión. Por más diferentes que puedan ser los objetos encontrados en un inventario forzosamente limitado de las pulsiones, afirmar que el objeto de toda pulsión es, en principio, cualquiera, implica realizar una inducción que no resulta obvia”.

Este autor me ayudó a pensar este problema porque va en la misma línea de lo que les proponía antes. O sea: por más que uno observe muchas prácticas sexuales que apuntan a objetos diferentes, no puede deducir de ahí que el objeto de la pulsión sea cualquiera y que tiene las características que tiene. A mí me parece que es muy interesante la propuesta porque es un modo de inducir que no produce una generalización, es otra cosa, es una tesis en el sentido fuerte, una tesis que, casi casi, es un axioma del psicoanálisis. La pulsión es el nombre de la no-proporción sexual.  ¿Cuál es el nombre de la proporción sexual, entonces? El instinto. El instinto es la proporción lograda. Nos queda así armado un pequeño cuadro, que es el siguiente

Instinto

Hay proporción sexual

Pulsión

No hay proporción sexual

 

En la naturaleza hay proporción sexual lograda. La causa de la desproporción sexual es el lenguaje. ¿Cuánto come un animal en el estado de naturaleza? Lo que necesita para reponer la energía que gastó. El animal en estado de naturaleza come cualquier cosa con tal de recuperar la carga energética que gastó. En casa, el perro no come el alimento balanceado porque no le gustan, ¿vieron? Hay que hacerle una hamburguesa... Eso es una afectación producida por el lenguaje, un animal doméstico es un animal sometido al lenguaje. Muy bien, ¿cuántas cópulas mantiene un animal en estado de naturaleza? Las necesarias, pero solo en la época del celo. ¿Y con quién? Con otro animal de la misma especie de sexo contrario que también está en celo. ¿Vieron lo que pasa con los perritos en casa? Que se andan frotando contra cualquier cosa, contra los almohadones, contra los invitados. ¿Por qué? Porque el celo se le empieza a distorsionar. Los animales en estado de naturaleza sólo tienen cópula en el momento del celo. No hay sexo recreativo en la naturaleza ¿Y, los humanos? Nosotros no tenemos temporada de celo. Hay gente que está en celo todo el tiempo. Hay gente que nunca. Pero, además, de ninguna manera se trata solo de la relación sexual a los fines reproductivos y ni siquiera con una persona del sexo opuesto. Con lo cual, ¿ven la perturbación? Eso es la pulsión. La pulsión es una perturbación producida en lo real biológico del cuerpo por el lenguaje. No hay nada que afecte al cuerpo como lo afecta el lenguaje. Nada. Entonces me parece que cuando Freud introduce la pulsión ilumina con un axioma increíble el impacto del lenguaje sobre lo real del cuerpo. Estoy utilizando términos lacanianos para explicar una idea freudiana, ¿se dan cuenta, ¿no?

Yo les preguntaba hace un rato cuánto come un animal en estado de naturaleza. Lo que necesita para reponer la energía que gastó durante la jornada. Y, los humanos, ¿cuánto comemos? Siempre comemos de más o de menos. A punto tal que producimos trastornos alimentarios en los extremos. Todas las funciones propias de la vida biológica que en la naturaleza son proporcionadas y cíclicas (comer, dormir, defecar, orinar, coger, etc.) resultan afectadas cuando el sujeto entra en el mundo del lenguaje.

Cuando una persona padece de un trastorno alimentario, de un trastorno del sueño, de una dificultad sexual, ¿cuál es la causa? El lenguaje. Es importante que podamos pensar esto porque si el lenguaje es la causa, también es la cura.

Al inicio de su historial sobre Dora, Freud presenta algunas puntuaciones importantes, que podrían orientar nuestro trabajo. Cuando leemos historiales, estas cosas a veces se nos pasan de largo, fundamentalmente, porque lo que nos interesa es el caso. Pero ahora les propongo retomar esas puntuaciones, porque son valiosas indicaciones acerca de cómo pensar la lógica del caso. Cito:

“Por la naturaleza de las cosas que constituyen el material del psicoanálisis, se infiere que en nuestros historiales clínicos debemos prestar tanta atención a las condiciones puramente humanas y sociales de los enfermos como a los datos somáticos y a los síntomas patológicos. Pero sobre todo se dirigirá a las relaciones familiares de los enfermos y ello no sólo en razón de los antecedentes hereditarios que es preciso investigar sino de otros vínculos, como se verá”.

Primera indicación: el cuerpo es importante, justamente, porque la desproporción que introduce el lenguaje convierte el ciclo biológico en una fuerza constante que produce la desproporción.

Segundo: Freud destaca el valor de las relaciones familiares —y él mismo, explícitamente, dice que no se trata de los antecedentes hereditarios. ¿De qué se trata? Para Freud, de la novela familiar; Lacan redefinirá eso en términos de mito individual y de constelación familiar. La construcción de la constelación familiar tiene que formar parte fundante del caso. Nosotros trabajamos con lo que en psicoanálisis se llama la transmisión generacional, no con la herencia, no con la herencia biológica, pero sí con la transmisión. Lacan decía que la transmisión familiar es irreductible. O sea, no hay manera de reducir o eliminar lo que una generación le transmite a la generación siguiente. Entonces, como no hay manera de eliminarla, utilicémosla. Tenemos que leerla, intentar comprender cómo funciona y hacia dónde va.

Hace unos días, estaba en el consultorio jugando al Memotest con un niño de 5 años. Sus padres están separados, hay algunos problemas entre ellos y el nene no quiere quedarse a dormir en la casa del padre… Entonces, casi al despedirnos le pregunté a dónde iría luego de la sesión. Él respondió: “me voy a la casa de mi mamá”. Yo volví a preguntarle: “¿Y por qué no a la casa de tu papá?” —adviertan que es una pregunta algo equívoca, pero él me sorprendió más al responderla: “No voy porque allí hay un monstruo horrible, feo, gigante, de muchos ojos, que me asusta…”

Le dije lo siguiente:

—La verdad es que me cuesta creerte que exista un monstruo así…

—Bueno, lo que pasa es que tengo mamitis…—respondió.

Fue un diálogo interesante. Vean cómo apareció en la conversación el asunto familiar: Hay una gran mentira, enorme, que me impide quedarme con mi papá. Esa gran mentira, enorme, que le impide quedarse con el papá es reemplazada con el significante “mamitis” —que aparentemente es un significante de su padre, quien se lo lanzó en medio de un enojo frente a su negativa de irse a dormir a su casa.

Aquí, claramente, apareció el asunto familiar y, obviamente, como un asunto dividido. A veces no aparece y si no aparece hay que ir a buscarlo. Y el lado por el que hay que ir a buscarlo es el lado de las entrevistas con los padres, que, para nosotros en nuestro modelo de abordaje, es fundamental.

¿Por qué me interesa presentarles esta idea acerca de cómo Freud plantea, en el historial de Dora, que, sobre todo, le interesa dirigirse a las relaciones familiares con los enfermos? Porque me parece que Freud inventó algo en la clínica diferente a lo que era la clínica de su tiempo. Freud era neurólogo, no era psiquiatra, pero la práctica de escribir y presentar casos, de hacer ateneos, era una práctica médica también. Sin embargo Freud inventó algo, y Lacan lo explica muy bien en el Seminario 1, se trata del tercer apartado de la primera clase (en la versión española, lo encontrarán en la página 26).

“Creo haberles demostrado que Freud parte de aquí. Se trata en cada ocasión para él de la aprehensión de un caso singular. El progreso de Freud, su descubrimiento, radica en la manera de tomar un caso en su singularidad”.

Lacan destaca la singularidad, el uno por uno, el caso por caso. Claramente, Freud no hace psicología con sus términos.

Sigue la cita de Lacan:

“¿Qué quiere decir tomar un caso en su singularidad? Quiere decir esencialmente que para él el interés, la esencia, el fundamento, la dimensión propia del análisis es la reintegración por el paciente (en francés dice “le sujet”, pero traducir “sujeto” es un poco impreciso, creo que se trata de una persona) de su historia hasta sus últimos límites sensibles. Es decir, hasta una dimensión que sobrepasa en mucho los límites individuales”.

Esto es interesante porque el analista trabaja con una persona, pero tenemos que articular su posición con una historia que se extiende más allá de sus límites individuales.

Cuando Freud presenta el historial del Hombre de las Ratas, plantea que para situar la posición del paciente hay que recurrir a la historia de su padre: a la deuda que contrajo para cubrir su acción de prevaricato y no pagó, la historia de la amada pobre que abandonó y de la mujer rica a la que no amaba, pero con la que se casó… Es una historia extensa y muy rica en detalles.

O sea que el síntoma del Hombre de las Ratas es explicado por Freud a partir de la referencia a una historia que está mucho más allá de los mitos individuales. O sea, a algo que no comienza con él, que comenzó mucho antes.

Por ejemplo, mi pequeño paciente que no quiere ir a la casa del padre… Eso que le pasa, ¿le pasa a él? Uno dirá que sí, le pasa a él, pero el asunto que está en juego allí es un asunto que involucra a la posición del padre y de la madre. Yo todavía no sé qué es ese monstruo. Estoy seguro de que algo es, pero hasta tanto no lo despliegue no puedo saberlo. Pero no voy a trabajar como si el problema lo tuviera el solamente el niño, porque si hiciera eso estaría remitiéndome a los límites individuales y eso es lo contrario de lo que hacía Freud.

Les pregunto: ¿un sujeto es una persona? Todos rápidamente responderían que no, pero en ocasiones, en la forma de intervenir pareciera que sí. Las intervenciones que invitan a “hacerse cargo” o esas que sugieren que a alguien “le debe gustar andar haciendo la misma macana día tras día”, hacen coincidir al sujeto con el individuo, provocan aún más goce. Cuando intervenimos en esa línea es porque suponemos que la repetición comienza y termina en la persona que tenemos enfrente, y que no está vinculada con nada que exceda sus límites sensibles, sus límites individuales. El Hombre de las Ratas repetía algo que había comenzado con su padre... Y si quieren, podemos incluso recordar que la maldición que sufrió todo el linaje de Edipo, él y todos sus hijos, fue a causa de algo que comenzó con su padre, Layo, quien recibió una maldición para toda su progenie debido a una falta grave cometida: el secuestro del hijo varón de un rey vecino, en ocasión de una visita. Layo, el padre de Edipo ofendió la hospitalidad —eso era algo muy serio en Grecia. Se robó algo de su anfitrión (y no un cenicero o una toalla, como hace la gente en los hoteles). No, se robó a su hijo. Esa fue la falta, el robo —de paso, según los mitógrafos, así inventó el amor homosexual…

Cuando Lacan afirma que se trata de “una dimensión que sobrepasa en mucho los límites individuales” inmediatamente se pregunta: pero, entonces, ¿qué es la historia? ¿Qué es la historia para un sujeto en análisis? ¿Con qué historia trabaja un psicoanalista? Porque corremos el riesgo de ser historiadores. Vieron lo que ocurre  cuando uno le pregunta a un paciente cuál es la historia de la separación de sus padres: “Bueno, yo sé esto, pero la verdad es que no estoy seguro, ahora voy y les pregunto, después te cuento”. Pero a nosotros no nos interesa el hecho histórico exacto, documentado. Nos interesa la versión que alguien puede contar, así, como venga, con lagunas y espacios dudosos… Lacan lo dice mejor. Cito:

“La historia no es el pasado. La historia es el pasado en la medida que es historizado en el presente”.

La historia no son los hechos concretamente ocurridos, sino su relato (es la misma lógica que usamos para pensar qué es un sueño), por eso no mandamos a nadie a investigar nada. Alcanza con las versiones que cada uno tenga y, cuanto más contradictorias, más vagas, más lagunosas, mejor, porque esos huecos nos permitirán movernos por ahí. La idea es que no se trata de una historia que ocurrió y que el paciente o sus padres van a contarnos, sino que es una historia que se está produciendo en el momento en que se la está contando. Es interesante: es una historia que, como historia, se escribe mientras se dice y eso es lo propiamente psicoanalítico, no hay otra disciplina que considere al hecho histórico así.

Veamos el paso siguiente que propone Lacan:

“El camino de la restitución de la historia del sujeto (por sujeto pueden entender “persona”) toma la forma de una búsqueda de la restitución del pasado. Esta restitución debe considerarse como el punto de mira al cual apuntan las vías de la técnica. Ustedes verán señalizado a lo largo de toda la obra de Freud donde las indicaciones técnicas están por todos lados, que la restitución del pasado ha permanecido hasta el final de su obra en el primer plano de sus preocupaciones”.

Para Freud era importantísima la restitución de la historia. El término “restitución” es un término en nuestra Argentina fuerte, porque nosotros tenemos nietos e hijos restituidos. Para esas chicas y muchachos, justamente, se trató de recuperar una historia. Un nieto restituido es un nieto restituido a su familia, pero también a su historia. Le restituimos la verdadera historia, lo sacamos de una historia falsa y lo devolvemos al asunto familiar verdadero. Hace ya tiempo me enteré de que cuando las Abuelas de Plaza de Mayo se dieron cuenta de que se empezaban a morir, comenzaron a documentar el asunto familiar. Empezaron a filmarse contando historias para que si algún día el nieto aparecía se le pudiera proyectar eso, y pudiera tomar contacto con el texto vivido, narrado. Es muy importante ese trabajo. Yo creo que es uno de los trabajos más impactantes del mundo. En el mundo miran el trabajo de Abuelas como algo maravilloso. Personalmente, las admiro mucho.

Entonces me parece muy valioso que Lacan sostenga que la restitución de la historia, de la historia como un pasado que se relata, sea para él lo que Freud sostuvo hasta el final en su modo de practicar la clínica. Vamos a hacer el intento. Por supuesto que nosotros ya sabemos que todo va un poco más allá de todo eso. Que no se trata solo de recuperar la historia, pero lo concreto, y esto es importante, es que cuando uno recupera y puede reconstruir la historia puede posicionarse en un mejor lugar. No voy a repetir ejemplos que ya usé en años anteriores, pero incluso cuando Dora llega a Freud, llega con lo que para ella es un hecho concreto y real, histórico —podríamos decir— que no se puede cambiar. Dora, que tiene 18 años, llega y le dice a Freud: “mi papá me entrega a su amigote para acostarse con su la mujer. Esto es un intercambio swinger, pero yo no quiero participar. ¿Qué va a cambiar usted de eso?”. Freud no le objeta el punto histórico. No le discute los enunciados sino la enunciación. Así, el problema ya no es lo que está pasando, sino el modo en que lo estás diciendo. Es muy buena la maniobra de Freud ahí, porque permite que el caso se abra y la posición se interrogue. Me parece que es eso lo que le interesa a Lacan, cuando lo retoma y denomina a la maniobra como una “rectificación subjetiva…

Bueno, consideren esta reunión apenas como una apertura del trabajo que realizaremos durante los próximos cuatro meses. Quedan invitados a presentar sus casos para que los conversemos, los interroguemos y reflexionemos acerca de nuestra práctica, juntos…