Cursantes

Lacan lector de Freud

 

            “A veces creo que los buenos lectores son cisnes aun más tenebrosos y singulares que los buenos autores”

Jorge Luis Borges

 

            Lacan leyó a Freud. Sostener dicha afirmación conlleva una serie de razones que han permitido al psicoanálisis reinventarse mediante un movimiento de lectura. La posición lectora revitaliza la obra que lee, da en ella una vuelta novedosa; enunciándola,  pone en acto su potencialidad. El abanico de posibilidades lectoras también nos enseña posturas contrarias a la lacaniana, versiones donde las repeticiones de caminos conocidos no hacen más que “matar” al texto; de alguna manera, algo de ello denunciaba Winnicott en aquella epístola dirigida a Melanie Klein haciendo referencia al “lenguaje muerto”. Dicho lenguaje buscaría la forma de un universal, contraria al aforismo lacaniano que marca la no proporción: no hay relación sexual (como tampoco hay universo de discurso). Si recordamos lo dicho en Aun,  en psicoanálisis toda lectura es una relectura; errancia mediante, la (re)lectura propuesta por Lacan no tiene un carácter lineal sino más bien elíptico; no apunta a un avanzar evolutivo sino que exige -como dijera ya en La Ética…- de “dar dos pasos hacia atrás para ver si avanzamos uno”.

            La lectura lacaniana es laberíntica, sinuosa y nunca directa; si algo decanta del acto de lectura siempre es de manera oblicua, sesgada… ¿acaso leemos lo que queremos o lo que podemos? No hace falta más que recordar lo dicho en “El triunfo de la religión” en relación a los Escritos: a la instancia de “chuparse los dedos” se arriba luego de una serie necesaria de vueltas. En la impronta lectora de Lacan se escuchan los ecos de lo que el brillante Kierkegaard nombró “comunicación indirecta”: el mensaje en psicoanálisis siempre llega en forma invertida y nunca tiene un carácter pleno. El lector debe elegir lo que escucha en la lectura.

            Testigo de ello fueron los acompañantes de Lacan al momento de leer. Relatados por François Cheng, los distintos encuentros donde se citaban a estudiar filosofía y cultura China eran, además de disímiles, desconcertantes: Lacan un día se aparecía con un tratado de pintura y al otro venía interrogado por una secuencia verbal de algún libro marginal de poesía. Cheng vivió esos efectos en el cuerpo y en la letra: de esas reuniones surgieron dos libros, uno de los cuales fue dedicado “al maestro del psicoanálisis” por permitirle “redescubrir a Laotsi y Shitao”, dos autores que había estudiado de manera rigurosa pero que se le habían vuelto repetitivos. Lo que la historia nos enseña fue que, antes de la primera reunión, Lacan susurró alusivo: “olvide todo lo que sabe de psicoanálisis, especialmente de mi enseñanza”. La manera en que eso resonó en Cheng fue olvidando todo lo que sabía de cultura y filosofía China, permitiéndole prestarse a la disponibilidad para releer lo que creía saturado de lectura.

             El “Lacan lector” no es uno solo; probablemente se construya dependiendo de la posibilidad de resonancia que tenga en el recinto que se lo evoque; no es lo mismo una lectura que provoque la división -lectura sintomática podríamos decir siguiendo a Althusser- que una oracular desde una posición de amo. Si existiera “El lector”, Melanie Klein tendría su universal y por ende tendríamos un lenguaje muerto para el psicoanálisis. Quien trasmita a un Lacan del orden del Uno no hace más que promover un marmóreo remedo en vías de coagular lo vivo de la teoría.

             Al cursar la carrera de psicología en la universidad había tenido la oportunidad de sentirme particularmente atraído por la forma de leer de algunos colegas que en su mayoría se encontraban en una Escuela de psicoanálisis. Fue así que llegué al foro donde en su nombre mismo anidaba la polifonía; la propuesta desde el vamos mostraba en su estructura la posibilidad de lecturas diferentes, dispares, heterogéneas entre sí pero sostenidas en una comunidad de trabajo. Varias voces y nada menos. Casi sin percibirlo, luego de esa presentación y el pasaje por los distintos espacios algo iba tomando forma. Como Saer, que se quedaba mirando el río silente y siendo escrito por lo que percibía, un efecto similar me llevó a escribir los distintos impases del pasaje por el espacio del Colegio Clínico: algo de esa lectura me había tocado, me había permitido encontrar en Lacan una voz, un estilo, una forma de aproximación.

            La reescritura de la experiencia, donde confluían otras instancias como la práctica clínica en el consultorio y en el hospital, así como también la transmisión del psicoanálisis en la universidad y en otros ámbitos, dejaron al descubierto algo que lentamente había venido empujando e insistiendo en estado larvario, si bien fue allí que tuvo lugar enunciativo: eso era el deseo de foro, el deseo de poder ser una voz más en la polifónica comunidad analítica con la que había podido trabajar durante esos dos años y con la que quería seguir trabajando pero siendo ya un miembro, inscribiendo así una pertenencia ética y política.

            En la entrevista de ingreso tuve que tratar de contar todo lo que había sido para mí ese pasaje y el porqué de mi decisión ¿qué tenía o tengo para aportar a esta comunidad de trabajo? No lo sabía realmente -ni tampoco ahora creo saberlo del todo- pero no obstante algo me impulsaba y me impulsa… no quise explicar nada, hablé sin vacilar, sin pensar en lo que decía. Así me di cuenta -luego por supuesto- que  ya había elegido. Ello no era por un mero sentido de pertenencia: veía y daba cuenta cuán distinta era la lectura clínica desde la escuela y su orientación. Ello afectaba directamente a la formalización de la experiencia analítica misma.

            Si escribir y leer son tareas políticas -Barthes dixit- la importancia de su puesta en acto dará cuenta cuál es la posición en juego; ya han habido varios capítulos en torno de las rupturas dentro del psicoanálisis, inaugurados por “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico”; a partir de allí, como nos dice Gabriel Lombardi,  el psicoanalista ha advenido historiador y epistemólogo de su proceder ya que “de una historización compatible con sus propósitos depende su destino”… ¿Acaso en uno de los últimos capítulos de esta historia no se tuvo que instaurar una ruptura en vías de hacer frente desde el psicoanálisis a una lectura sostenida en un pensamiento único? Dicha ruptura lleva las marcas de un acto: el de Lacan lector de Freud.