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A propósito del Narcisismo: Pensar la clínica hoy

 

A propósito del Narcisismo: Pensar la clínica hoy

El término narcisismo posee una gran significatividad para el psicoanálisis. No sólo porque a partir de su introducción, en el armado conceptual, se enrarecen las categorías que Freud venía utilizando -y las lleva por ende a una inevitable reformulación- sino también porque demuestra ser, desde su aparición en la práctica analítica, insoslayable a la hora de entender una variedad de fenómenos clínicos.

Resulta notable la cantidad de presentaciones clínicas que requieren ser pensadas desde las categorías que el narcisismo trae aparejadas. Se trata de casos que presentan algún rasgo particular en relación con la constitución del yo. Nos interesa pensar esas presentaciones clínicas que invariablemente nos convocan a posicionarnos en un lugar incómodo, ya que interpelan la posición y el quehacer del analista.

Se trata de pacientes que, muchas veces, nos hacen sentir paradójicamente aliviados cuando un mensaje anuncia su ausencia a la sesión. Sobre todo, en aquellos momentos en que el consultorio parece estar cerca de convertirse en escenario de un enfrentamiento especular.  

Se vuelve entonces fundamental el encuentro con otros, para pensar a qué responden dichas presentaciones, para reubicarnos -o al menos encontrar algún lugar posible- y así enfrentar el desafío que supone la dirección de la cura.

Desde las conceptualizaciones freudianas, sabemos que para el ser hablante la disposición del cuerpo, el yo y la realidad no van de suyo. Serán, por el contrario, construcciones, que surgirán como efecto de operaciones precisas.

Ese punto de partida nos conduce a la tesis fundamental que plantea Lacan; el aparato psíquico supone el anudamiento de los tres registros: Simbólico, Imaginario y Real. En Introducción al Narcisismo, Freud señala “es un supuesto necesario que no esté presente desde el comienzo en el individuo una unidad comparable al yo; el yo tiene que ser desarrollado”[1]. Ante el cuerpo fragmentado a causa de la satisfacción parcial de la pulsión, será necesario un nuevo acto psíquico para la constitución de una unidad corporal, que no será más que ilusoria y que, sin embargo, será condición para atravesar la existencia de un modo soportable.

Retomando a Freud, Lacan, durante la primera parte de su enseñanza, se sirve de los esquemas ópticos para conceptualizar la experiencia del estadio del espejo y destaca la importancia del otro imaginario[2] como también del gran Otro en la constitución del yo como unidad[3]. En resumen, para que el sujeto pueda identificarse a una imagen unificada del cuerpo y reconocerla como propia de manera estable, será esencial el lugar del Ideal del yo, como instancia simbólica que certifica la experiencia del espejo y de la cual el sujeto busca un asentimiento[4].

La clínica nos enseña cómo el pasaje por dicha experiencia está sujeto a toda clase de accidentes, que es posible verificar en diversas modalidades de presentación clínica.

A partir de recortes clínicos, nos preguntamos acerca del modo en que esto incide en la disposición del cuerpo y en el acceso al reconocimiento del propio ser, así como en la modalidad de lazo con el otro. De esto último, nos interesa destacar las consecuencias en el lazo transferencial.

 

Fragmentos Clínicos

Una paciente de 16 años está internada en el hospital por realizarse autolesiones. Cada tarde recibe la visita de su madre. Ante la partida de esta, cada vez y de un modo casi automático, pide ser atendida por los profesionales de guardia. Sumida en un estado de intensa angustia, dice tener “ganas de cortarse”. Al conversar con ella y acompañarla durante un tiempo prolongado -apelando a toda clase de estrategias- se alivia notablemente. Sin embargo, ante el primer signo de partida por parte de los profesionales aparece la advertencia “si se van, me corto”. De su lado, nuevamente la angustia. Del nuestro, la incertidumbre y confusión al constatar que ante el primer paso en falso o atisbo de movimiento, la calma se desmorona. ¿A qué responde dicha secuencia repetida cada vez?

El caso verifica una modalidad de lazo en la cual parece no haber separación posible, de modo que la retirada del otro, literalmente hablando, hace tambalear la propia existencia. De allí la necesidad casi imperiosa de que haya alguien presente.

Se puede inferir, a su vez, la función que los cortes vienen a ocupar. Estos dan cuenta de un intento de inscribir dicha separación en acto: cortarse como modo fallido de separarse del otro.

Cabe entonces la pregunta acerca de por qué sucede esto. Se puede pensar que en casos en los cuales el Ideal del yo, como garante de la experiencia del espejo, funciona de modo “atípico”, entonces se requiere de la presencia constante de otro -que en presencia y cada vez- opere como sostén del espejo. Es decir, al quedar confundida la función del Ideal del yo con la persona que lo encarna, cuando esta se retira también cae la función que viene a sostener.

Otra consecuencia, también observable, son los fenómenos de agresividad y rivalidad que esta modalidad de lazo puede presentar.

En un extremo de las dificultades que presentan los lazos sostenidos predominantemente en la dimensión imaginaria, podemos situar a muchos de los pasajes al acto que se producen en las psicosis. En estos, a falta de una instancia tercera que opere a modo de separación, es uno o el otro, produciéndose, en palabras de Lacan, una regresión tópica al estadío del espejo, en donde la relación con el otro especular se reduce a su filo mortal[5].

Siguiendo el pensamiento de Lacan, entendemos que las psicosis o las presentaciones graves enseñan de un modo radical sobre fenómenos que encontramos habitualmente en la clínica. Nos interesa ubicar otra modalidad de presentación, en el terreno de las neurosis, cuya característica principal radica en la dificultad -ya indicada por Freud- que supone el tratamiento de aquella colocación de la libido que llamó narcisismo[6].

Una paciente ocupa gran parte de la sesión en resaltar insistentemente lo mucho que le gusta ir al gimnasio y a la peluquería. Dice que trabaja para “tirarse todo encima” y disfruta mucho de estar sola. Al momento de iniciar el tratamiento se encuentra casada y a su vez mantiene una relación con otra persona. Sin embargo, no manifiesta interés por ninguno de los dos. Refiere que no se encuentra conforme con su trabajo ni con su pareja, aunque, paradójicamente, manifiesta querer tener una familia. Al preguntarle sobre esto, atribuye las cosas que le pasan al destino o a la mala suerte.

En principio, nos interesa señalar que la modalidad de presentación de la paciente, podría tratarse de un exceso de colocación de la libido en el yo que, consecuentemente, dificulta el lazo con los otros.  Llama la atención que el tener una familia se suma a la lista de aquellas cosas que podría poseer. De este modo, puede pensarse que en la base de estas satisfacciones se configura una posición narcisista.

Otro aspecto que se presenta con claridad en el caso es que las intervenciones que apuntan a desarmar dicha posición, lejos de producir efecto de división subjetiva, refuerzan su lugar frente a lo que acontece; el destino y la suerte aparecen inconmovibles y la paciente como una víctima de estos fenómenos.

En esta misma línea, otro recorte clínico en el que se verifica la preeminencia de lo imaginario en la presentación del padecimiento, nos lleva indefectiblemente a seguir interrogándonos sobre la posición del analista.

Al ser abandonada por su pareja, una paciente emprende una búsqueda casi compulsiva de nuevas relaciones, que siempre fracasan. En este momento, una notable pérdida de peso se empieza a reflejar en su cuerpo. Pálida y ojerosa, acude al tratamiento con dificultades para hablar y caminar. En su relato retornan dichos de su madre en relación con su cuerpo: “gambas gordas”.  A nivel discursivo, se destaca una patente queja dirigida a los que la rodean. Sus vínculos afectivos son problemáticos e, insoslayablemente, esta presentación de lazo afectará el lazo transferencial y el comienzo de un posible análisis. Se trata de un volver a empezar sesión tras sesión, en el cual ninguna intervención resulta posible.

Se vislumbra en el caso, como la relación con el semejante se ve afectada por la agresividad, a modo de un “todo o nada”, que va del pegoteo al desapego. En transferencia se escenifica pidiendo asistir varias veces por semana o ausentándose por tiempos prolongados.

Es de resaltar como, luego de las rupturas, aparece en primer plano el desvanecimiento del cuerpo, que pone en evidencia los dichos maternos, marcas hostiles, que retornan una y otra vez sin posibilidad de elaboración.

 

Comentarios finales

Luego del recorrido por los casos, proponemos una revisión sobre la posición y el quehacer del analista en relación con la categoría de narcisismo. Para tal propósito tomamos como brújula fundamental los aportes de Lacan en su conceptualización de la ética del psicoanálisis. Si el analista, a nivel de la táctica y estrategia, paga con palabras y con su persona, desde una dimensión ética lo hace también con su juicio más íntimo.

¿De qué manera es posible intervenir en estos casos, teniendo en cuenta las grandes dificultades a nivel de la transferencia, cuando en la modalidad de lazo lo imaginario se vuelve preponderante?

Ante la posibilidad de "ir al grano con el paciente, tomarlo en sus brazos o tirarlo por la ventana” [7], advierte Lacan, la posición analítica supone una respuesta de otro orden: el deseo del analista. Sólo desde esta posición será posible, en el marco de la transferencia, la apertura del inconsciente y la instauración de la dimensión de la falta.

Para concluir, de acuerdo con Colette Soler, si las presentaciones clínicas “son indisociables de la clínica del discurso, es decir del lazo social dominante”[8],en tanto tratamientos colectivos del goce, debemos también preguntarnos, de qué manera operar como analistas bajo las coordenadas actuales, en las que la preeminencia de la imagen se vuelve innegable.

 

Bibliografía

Freud, S. (1914): “Introducción al Narcisismo” en Obras Completas, Amorrortu editores, Vol XIV.

Guy Le Gaufey: “La imagen de uno mismo”, en En el margen. Revista de psicoanálisis.

Lacan, J (1958) “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”. Escritos II. Siglo XXI Editoriales, Buenos Aires.

Lacan, J. (1953-1954) El Seminario. Libro 1: “Los escritos técnicos de Freud”. Paidós

Lacan, J (1960-1961) El Seminario. Libro 8: “La Transferencia”. Paid

Soler, C. (2012-2013): “Lo que queda de la infancia”. Buenos Aires. Letra Viva.

 

 

 

 

[1] Freud, S. (1914): “Introducción al Narcisismo” en Obras Completas, Amorrortu editores, Vol XIV. Pág.74

[2] “el Urbild, unidad comparable al yo, se constituye en un momento determinado de la historia del sujeto, a partir del cual el yo empieza a adquirir sus funciones. Vale decir que el yo humano se constituye sobre el fundamento de la relación imaginaria”. Lacan, J. (1953-1954) El Seminario. Libro 1: “Los escritos técnicos de Freud”. Paidós. Pág. 178

[3] “en la relación entre lo imaginario y lo real y en la constitución del mundo que de ella resulta, todo depende de la situación del sujeto. La situación del sujeto está caracterizada esencialmente por su lugar en el mundo simbólico; dicho de otro modo, en el mundo de la palabra”. Ibid. Pág. 129

[4] “Después de que éste se haya reconocido en la imagen especular, después de que la identificación crucial y, en el fondo, misteriosa, lo hubiera hecho considerar como suya esta imagen, Lacan supone que este «niño» busca, en la mirada del otro, un asentimiento”. Guy Le Gaufey: “La imagen de uno mismo”, en el margen. Revista de psicoanálisis

[5] Lacan, J (1958) “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”. Escritos II. Siglo XXI Editoriales, Buenos Aires. Pág. 543

[6] Freud, S. (1914): “Introducción al Narcisismo” en Obras Completas, Amorrortu editores, Vol XIV. Pág.

[7] Lacan, J (1960-1961) El Seminario. Libro 8: “La Transferencia”. Paidós. Pág 214

[8] Colette soler (2012-2013): “Lo que queda de la infancia”. Buenos Aires. Letra Viva. Pág. 14